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En un evento donde el dress code era “Heavenly Bodies: Fashion and the Catholic Imagination”, Rihanna no compitió. Se impuso. Luciendo una mitra bordada, minivestido de perlas y una sobrefalda con aires litúrgicos, reinterpretó siglos de simbolismo eclesiástico en clave de couture contemporáneo. No fue una parodia: fue una relectura audaz desde lo femenino, lo negro y lo pop.
La pieza, diseñada por Maison Margiela bajo la dirección de John Galliano, llevó la imaginería católica a la pasarela más global de todas: la cultura digital. Cada paso suyo fue un statement que obligó a mirar el ornamento sagrado con nuevos ojos.
Mientras el Papa viste para encarnar autoridad espiritual, Rihanna lo hizo para transgredir con respeto. Su atuendo no imitó: intervino. Algunos lo llamaron sacrilegio; otros lo entendieron como homenaje estético. Lo cierto es que la moda ha dialogado con lo religioso desde siempre, y este look lo demuestra con brutal elegancia.
Si Benedicto XVI usó la vestimenta para reafirmar tradición y Francisco para disolver jerarquía, Rihanna la convirtió en símbolo de apropiación cultural cargado de belleza, ironía y sofisticación. Porque en la era visual, el cuerpo vestido también predica.
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